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index Jueves 31 de julio de 2014
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Pensar la Educación Humanizante
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La tensión clásica: los griegos, que problematizaron todo (conocimiento, política, ética, belleza…) dividieron sus respuestas en dos polos que más tarde se concretarían en sistemas o escuelas (materialismo-idealismo, racionalismo-empirísmo, etc.) La escisión del hombre lo colocaba como ser de razón y de “pasión”; y sus dos rutas: el pensamiento o la sensibilidad. Con ello, la realidad también se tensó: se separó al fenómeno de su esencia, se buscó el principio ordenador del mundo, lo que subyace a la realidad. Se habló de la verdad de las cosas; se estableció la ciencia de las esencias: la Metafísica como el estudio de “lo que es en tanto que es” y no de sus atributos, manifestaciones o accidentes, que correspondería a la física; se articularon las vías hacia la verdad y separaron los métodos: filosofía y ciencia. La primera, a través de conceptos intenta comprender y decir algo de la realidad, descubrir el error lógico o la “razón” irracional. La segunda, enfoca la mirada a lo positivo, lo fáctico, a la realidad que cuantifica, manipula, que induce de lo particular reglas generales, leyes o teorías científicas. Quedó en el aire la angustia de no ser Uno con el mundo, quizá la misma sensación órfica de nuestra parte titánica o mundana que obligatoriamente nos separa de la unidad primigenia o, para estos casos, del ser auténtico: en su simple concordancia entre lo que se dice y hace, entre el ser y el deber ser, entre el discurso político y la realidad. Esto nos lleva a planos morales y políticos. Es también característica del sistema económico actual los aires de angustia que se respiran por la distancia entre lo que se dice y la realidad. El ejecutivo y el legislativo promulgan en función de un deber ser (reformas, discursos, libertades, democracias); pero se contradicen con los cimientos de su propia estructura capitalista y su política neoliberal. Digamos que el deber ser es el discurso (plasmado en reformas, iniciativas, programas, presupuestos, etc.) y el ser son las cifras de muertos o muertas, las ciudades desiertas en la frontera norte, u olvidadas al sur del país, o nosotros mismos: seres (titánicos) inmersos en la existencia angustiante por el aumento al pasaje, el menú diario, la fealdad o gordura que nos acecha en cada espejo o aparador de ropa fashion o talla 0. Del mismo modo, la Educación, como actividad humana, participa de la tensión entre la realidad y la idealidad. ¿Bajo qué criterio general podemos pensar la Educación y superar la tensión? A partir del sistema actual lo óptimo sería pensarla en los términos de mercancía. Pero queda claro que éste no es un criterio general porque en sí mismo deja fuera a la mayor parte de la población sin recursos y acota las actividades humanas que contradicen sus fines mercantile. Entonces, ¿cómo debemos pensarla para defender su propósito? Porque antes de proponer una reforma, quizá lo recto sea discutir el sentido que para el país deba tener la Educación. Queda claro, por ejemplo, que en la reforma educativa de 1993 de Carlos Salinas de Gortari en su apogeo neoliberal, se concebía de acuerdo a las necesidades empresariales, orientada sólo a los que son capaces (financieramente) de aspirar a ella y cuyo puesto laboral está destinado por herencia, linaje o derecho de clase; mientras que el último horizonte de la clase baja es la educación obligatoria estipulada en el artículo 3 Constitucional (si bien le va) y a ocupar un puesto de obrero y padecer el otro gran problema mexicano: el laboral. Fernando Savater (El valor de educar, Editorial Ariel, México, 1999. pags: 21-35) concibe al acto de enseñar como un acto de humanizar: es la dialéctica o relación entre el que sabe y el que ignora, y su síntesis es mostrar al otro el mundo, enseñarle a andar a través de su propia humanidad. Es, en esencia, el reconocimiento del otro: vinculación afectiva e intelectual con el sujeto distinto; la educación no es aislamiento o un derecho consagrado en la Constitución, no debe ni siquiera someterse a discusión porque es en si misma una actividad humana, como respirar o pensar. Incluso se acepta que cada gobierno puede establecer su propio plan de trabajo de acuerdo a sus intereses políticos; de ello se desprende que la educación sigue también criterios específicos y, por lo tanto, debe controlarse la actividad educativa (sindicatos, programas, reformas, planes de estudio, clasificación en escuelas de acuerdo a clases etc.) porque es un acto liberador y humanizador o, como señala Ricardo Avilés Espejel (La búsqueda humanizante. Universidad Iberoamericana Puebla, Universidad Autónoma de Tlaxcala, México, 2006) el fin último de la actividad educativa es el desarrollo del ser humano (no en el sentido práctico, que solo responde a una necesidad del sistema económico actual) sino como sujeto auténticamente “humanizable”, es decir, como actor, sujeto y ente de la construcción o destrucción de la humanidad, de su propia historia (única e irrepetible) experiencial-consciente. Los griegos optaron por la razón y la palabra para intentar ordenar el caos del mundo. Buscaban quebrantar esa tensión angustiante. Vivir una existencia auténtica: de congruencia más o menos estable entre el pensamiento y el estado de cosas. La autenticidad es un ejercicio individual, socrático. Pero la búsqueda humanizante es particular y universal, es decir, mi propio horizonte de búsqueda está inmerso en un horizonte aún mayor: es el horizonte que como familia, comunidad, sociedad, país y especie nos proponemos día a día: con estados de paz y guerra, con políticas egoístas o sociales, con una educación humana o inhumana. Cuando José Vasconcelos propuso la creación de la Secretaría de Educación Pública creyó que la desigualdad se combatía con la educación de los pueblos, porque concebía (conciliando el ser con el deber ser) que educar era “moldear el alma del educando para desarrollar en él todas sus potencialidades”; su empresa respondía a la necesidad social de superar el caos (personal y social) a través de la actividad educativa. Actualmente, no puede ser diferente. Los resultados lógicos de las contradicciones del sistema capitalista que enaltece la libertad y la democracia como valores, son la desigualda, la pobreza, el fallido estado de derecho. Para reformar los principio de la educación, debería ser necesario debatir sobre el sentido de la educación: decidir si se quiere un sistema educativo que concibe al hombre como maquina generadora de plusvalía, o bien, como sujeto que aspira a la auténtica búsqueda humanizante; y empezar a concebir al dinero como un medio: sólo un pequeño aspecto de una búsqueda mayor.
Periodismo social, político y de investigación